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Vulnerable ♦ Sadie Deetz

Mensaje por Daniel Jacob Armstrong el Lun Mar 16, 2015 11:33 pm

Me apoyaba a la sombra de un árbol aquella soleada tarde de invierno, la cual era ya una de las últimas antes de que viniera la primavera. Recuerdo estar leyendo por milésima vez mi libro favorito, Los Hombres Que No Amaban A Las Mujeres, primer volumen de la trilogía Millemium, de la que me enamoré en cuanto la leí hace años. Recuerdo que cuando lo leía me olvidaba de cuánto escocían mis magulladas rodillas, o de cómo dolía aquel moratón del brazo o aquel ojo morado. Tan solo estaba perdido en las calles de Estocolmo, en la sede de la revista de Mikael -el protagonista-, o incluso en el pub en el que Lisbeth solía salir hacía tiempo. Mientras, mis oídos estaban aislados del mundo, escuchando a todo volumen mi grupo favorito del momento y de prácticamente todo el rato, The Used. Aquella tarde sonaba el dulce piano de Kissing You Goodbye junto al siempre presente tono de Bert McCracken, relajando todos mis músculos y llenando mi maltrecho y pálido cuerpo de una sensación de nostalgia y melancolía que al contrario de lo que pensaban muchos, me consolaba, dejándome zambullirme en la novela de pleno, concentrándome en el caso que ya conocía perfectamente con la misma intriga e ilusión que la primera vez. Mis dedos de uñas pintadas con esmalte negro que ya se desgastaba un poco pasaban las páginas con parsimonia conforme terminaba, y de atuendo no llevaba nada anormal a mí, y en especial no creo que nada llamativo. Llevaba una sudadera negra con un estampado gótico de Victoria Francés, artista que particularmente apreciaba y me enorgullecía tener plasmada sobre una de mis prendas, en las que se podía ver la figura femenina de una vampiresa de cabellos cobrizos llorando suavemente mientras sus labios brillaban carmesí por la sangre que los manchaba. Mis pantalones eran supuestamente negros aunque eran grises por el desgaste, y tenían las rodillas rotas, y se podían ver perfectamente mis numerosas cicatrices y heridas recientes de colores rojizos, y hematomas morados, verdosos y amarillentos, dependiendo de cuánto tiempo llevasen sobre mi piel. Se respiraba una extraña brisa gélida más característica de finales de otoño, que revolvió las páginas del libro sueco, cosa que me hizo levantar la cabeza para de pronto llenar mis celestes ojos de terror: Un grupo de chicos se dirigía hacia mí.

El cabecilla ya lo conocía, no era la primera vez que venía por mí y nunca se hubo ido hasta que había partido mi labio o dejado un rasguño en mi cuerpo. Le odiaba, tanto a él como a sus perros falderos, que lamían sus botas y aprovechaban que los más débiles eramos víctimas para asegurarse su salvación de las manos de su jefe. Justo en cuanto lo vi a apenas unos tres pasos de mí lancé una fugaz mirada a la página por la que estaba antes de la interrupción, costumbre a la que me habitué ya hacía tiempo debido a que ni era la primera vez que me iban a acosar ni tampoco la primera que lo hacían mientras leía. Lancé el libro a un lado para que no se volviera objetivo de la violencia de ellos y me levanté rápido pegando mi espalda al longevo tronco con leve ansiedad comenzando a hormiguear por mi cuerpo a la vez que al fin él tomaba mi rostro por las mejillas y lo giraba desde el perfil que le daba -pues estaba mirando a la izquierda, sin atreverme a responder a su mirada- a un frente a frente que me hizo estremecerme.

Me insultó, como siempre, metiéndose tanto con mis facciones y complexión delgadas como con mi afeminado estilo de vestir y arreglarme; después, como siempre, abofeteó mi cara hasta girarla a un lado mientras yo cerraba los ojos y cubría mi cara de un posible y seguro próximo golpe, que, como siempre, golpeó otra zona de mi cuerpo; esta vez, el muslo y el estómago. Como siempre, me acurruqué en el suelo dolorido y con un quejido sutil, susurrando, como siempre, que, por favor, no siguiera golpeándome. Como siempre, no atendió a mi patética petición, y de un rodillazo hizo sangrar mi nariz y golpearme la nuca contra el árbol, cosa que me mareó de pronto, y me hizo gritar ahogadamente mientras me quitaba la sangre que corría por mi rostro con una manga de mi sudadera favorita, manchándola. Me arrastré hacia un lado y me levanté con rapidez, sabiendo que lo único que me salvaría de otra paliza serían mis flojuchas piernas. Con una rapidez que la adrenalina me proporcionó, comencé a correr a través del patio, notando la mirada de casi todo el mundo sobre mí, acompañado por una cruel melodía de risas, comentarios y más insultos. Obviamente, ya lloraba mientras corría hacia mi habitación lo más rápido posible, sin siquiera fijarme en que ni me perseguían, sin siquiera percatarme de que me había olvidado el libro junto a ellos. Supongo que tendría que olvidarme de él, posiblemente arrancarían las páginas para liar uno de sus inmundos cigarrillos para celebrar otro día de acoso más. Otro día de sufrimiento que nunca presenciaban al completo, pues tal era mi situación de miedo y ansiedad que lo único que me hacía sentir bien era una cuchilla lamiendo mis brazos. Necesitaba... respirar... necesitaba... descansar... necesitaba... desaparecer.

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Re: Vulnerable ♦ Sadie Deetz

Mensaje por Sadie Deetz el Mar Mar 17, 2015 12:45 am

Aquella tarde había decidido salir a pintar al aire libre para variar, pues normalmente era algo que prefería hacer en la soledad de mi cuarto, acompañada únicamente por buena música de mi agrado a alto volumen y una tenue luz que en la mayor parte de las ocasiones era artificial, decidiendo bajar las persianas al máximo por muy de día que fuera para evitar la entrada de luz natural, la cual solía estar acompañada de exceso de rayos solares y desde luego, eso me desagradaba bastante… Optando únicamente por subir las persianas a la noche o cuando las nubes cubrían el cielo o la lluvia bañaba el exterior; momento en el que también dejaba abiertas las ventanas para poder notar la fresca brisa y el olor a tierra mojada… sin duda no había nada mejor que aquello y desde luego, era otra de mis inspiraciones para el arte. Pero como iba diciendo… por extraño que pareciera, ese día, como si el destino me hubiera colocado ahí, salí de mi pequeño cubículo y me planté en el amplio patio esperando encontrarme una tranquila estampa en la que poder diseñar placenteramente bajo un gran árbol mientras la hierba acariciaba mis piernas… pero lejos de poder llegar a disfrutar aquella imagen mental, lo que encontré fue algo muy diferente… algo que inmediatamente me hizo arrepentirme de haber salido de mi rutinario protocolo de inspiración.

Un grupo de jóvenes se acercaba a un solitario muchacho, el cual de inmediato pareció colocarse en pose defensiva a la vez que tiraba con cuidado un libro a un lado. Observé la escena reconociendo perfectamente al grupo de chicos, pues no era la primera vez que les veía acercarse a algún marginal interno para hacerle la vida imposible y solo estaba esperando que esa vez no fuese a acontecer algo por el estilo… Pero pensar no ayudo a que los actos no se realizaran… pues poco después el pobre chico estaba tirado en el suelo, sangrando tras haber sido golpeado en diversas ocasiones. Todo sucedió tan deprisa que ni me dio tiempo a reaccionar; un odio se despertó en mi interior al oír las risotadas de aquellos anormales, que parecía que su vida era tan triste que necesitaban humillar a los demás para sentirse menos hundidos ellos mismos. Para cuando fui a reaccionar y acercarme, el joven que acababa de ser maltratado ya había echado a correr sin darme tiempo a echarle una mano, por lo que sin saber muy bien que hacer y tras dirigirlos una mirada de desprecio a los payasos de turno, la cual fue correspondida con unas irónicas risas y gestos también irónicos fingiendo que me tenían miedo por mi mirada, lo cual yo ignoré, tomé el libro acordándome del momento en el que el joven lo había tirado y me marché sin más interés en aquel lugar.


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Y ahí estaba… para mi suerte… en el mismo lugar que el día anterior. Podría considerarse que tenía valor para volver a colocarse allí cuasi como si de una provocación se tratase, o tal vez se tratase de un particular gusto por aquel lugar al que se negaba a renunciar, algo que si era el caso, me alegraba. Eso me hizo dibujar una leve sonrisa en mi rostro. Miré la portada del libro nuevamente “Millenium. Los hombres que no amaban a las mujeres.”. Me había leído esa saga hacía años y los films los había visto en incontables ocasiones; sin duda era una gran historia de fuerza y coraje ante una vida de dificultades y puras barbaridades; era irónico que él estuviera leyendo ese libro. Seguido lo abracé en mi pecho y caminé hacia el moreno con paso tranquilo, pensando en cómo sería la mejor manera de abordar a una persona como aquella, pues yo no era una experta en sociabilizar.

- Una gran heroína de los tiempos modernos – dije con tono bajo y tranquilizador para no asustar al chico por mi repentina presencia al pararme a un metro de él, tomando el libro con mi mano diestra y extendiéndoselo para que lo cogiera – La fuerza no lo es todo… - proseguí haciendo referencia directa al libro y a como superaba Lisbeth Salander a sus adversarios e indirectamente al propio Daniel, esperando que me entendiese. Al terminar de hablar le dediqué una tierna y cómplice sonrisa, como si diera por hecho que estábamos hablando el mismo idioma y seguido permanecí ahí de pie esperando algún atisbo de permiso por parte del joven para poder quedarme un poco con él; pues no quería interrumpir su tiempo a solas ni perturbarlo.

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Re: Vulnerable ♦ Sadie Deetz

Mensaje por Daniel Jacob Armstrong el Vie Mar 27, 2015 7:54 pm

Aún me escocían los antebrazos. Con el brote de ansiedad que sufrí ayer, causado más por el olvido de mi libro favorito sobre el césped que por el hecho de haber sido maltratado una vez más, apenas pude dejar una zona de mi piel nívea sin lacerar. Recordaba como las pequeñas gotas de sangre se filtraban por las heridas como si fuera el rocío sobre los pétalos de una rosa, y sonreí con autocompasión ya que siempre encontraba metáforas dulces y bonitas para algo tan destructivo y horrible como aquello. Aún con un nudo de angustia en el pecho, volví con cuidado al lugar de ayer, estando casi seguro de que los bullies de ayer no estarían, ya que cualquiera con dos dedos de frente no volvía a un lugar peligroso. Aunque para mí todo Des Moines era peligroso. Tal vez eso me había vuelto más descuidado... en el fondo, daba igual. Aquel día mis uñas estaban casi de su color carnoso natural, pues casi toda la cobertura negra la había apartado yo mismo mordisqueando cada una de ellas. Mi camiseta aquel día era la más ancha y de mangas más largas que tenía, y de hecho, era lisa, completamente negra. "Aquello taparía el desastre de mis brazos", me dije. Pero el desastre no era solo posible de ocultar con un mero trozo de tela, ya que se plasmaba en todo mi ser. Ojeras marcadas, mirada perdida, apenas una línea por boca que tan solo movía para morder sutilmente mi labio inferior... Supongo que no era algo bonito de ver, supongo que por eso nadie quería verme. Así que al fin llegué al árbol, y miré por toda la verde extensión alrededor de él buscando la oscura portada de letras blancas y rojas. Nada. Respiré profundamente y tan solo me senté, entrelazando los dedos de mis manos y cruzando mis piernas, apoyándome de nuevo sobre la corteza, y cerrando suave los ojos. Siempre hacía eso en momentos así, era como si me doliera mirar a las cosas, mirar la realidad...

Solo un suave rumor de pasos sobre la hierba cerca mío me hizo abrirlos y orientarlos a quien de repente había decidido acercarse a mí de nuevo. Aguanté la respiración tenso, no sabiendo realmente si aquella inesperada visita sería buena o mala. Miré a la chica, y en cuanto me crucé con sus manos vi que tenía mi libro en ellas. Me sorprendió verlo de una pieza, con todas las hojas intactas y la característica y oscura pasta que las encerraba. Sonreí. Recibí su sonrisa de vuelta. Al escucharla supe, que o bien había decidido leer el libro que ella misma tomó prestado o lo había leído ya. Me decanté por la segunda y recibí mi libro de la chica, tomándolo con una delicadeza equivalente a la que otra persona utilizaría normalmente para un cachorro o un gatito.

No lo es todo, pero por no tenerla lo he perdido todo...– un dulce acento francés escapó como un suspiro terminal de una persona a punto de ser desconectada, que en el fondo sabía que se escondía tras aquella fachada de niño solitario, misterioso y depresivo que, en algún lugar del mundo seguramente estaría de moda. –¿Por qué? ¿Por qué no romper o quedarte el libro, pudiendo destrozarlo?– al mismo instante me odié por decir algo tan agrio a la primera persona en mucho tiempo que decidió ser amable, por lo que en un extravagante intento por arreglarlo, añadí: –Soy... Daniel. ¿Y tú, Salander? – no sé realmente por qué le llamé Salander, pero desde el primer momento me recordó de alguna manera a ella, y era una forma extraña y discreta de halagar y dar las gracias. Al menos, para mí. Esperé que al menos, pudiera entenderme.

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Re: Vulnerable ♦ Sadie Deetz

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