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Mensaje por Sea L. Makhvil el Lun Mar 23, 2015 6:24 am

En aquellos días, existía un enorme muro de bruma espesa que te separaba de la realidad.

Una vez el éxtasis desaparece, y solo te queda el vacío habitual. Ni siquiera hay espacio para un pensamiento dentro de tu cabeza, a lo mucho “quiero otra dosis”. No llega una voz diciéndote que estas tocando fondo cada vez con más profundidad, ni tampoco una especie de lamentación por la forma en la que has conseguido tu droga.

Simplemente no te importa, no existe absolutamente nada en el mundo que a ti te interese, te duela, te sorprenda ni tampoco que te haga cambiar. Estás perdida y moribunda. Con un rostro pálido, con ropas desgatadas, siempre prendiéndote un cigarrillo con lentitud y aburrimiento, sentada en cualquier acera rodeada de adictos y adolescentes perdidos, viejos vagabundos. Ya llegaste a esa tapa donde todos los que te rodean te dan por perdida, puede que suceda hoy o mañana, pero la sobredosis tocará tu puerta y tú morirás. Lo llevas escrito en la frente, en la mirada en tus ojos; nadie tiene ganas de perder el tiempo en alguien con las horas contadas.

En realidad, ni tú misma quieres continuar perdiendo el tiempo en aquel lugar. Aun cuando continuas caminando, aunque solo sea en busca de drogas; eres tan consciente de tu situación que en cualquier momento puede llegar a resultar doloroso, entre la capa tras capa de absoluta insensibilidad, inconsciencia y estupidez. En tu fuero interno estás esperando que la maldita aguja te maté.

Puede que sea para poder olvidar, para poder desaparecer, o simplemente no hay ninguna razón en especial. Es parte de ser lo que eres ahora, alguien sin propósito ni valor. Con el cuerpo intoxicado, los parpados caídos, rodeada siempre del humillo de un cigarrillo, metiendo un tubillo en tu nariz para poder aspirar cocaína, ingresando a cualquier baño público para inyectarte heroína. Y has hecho tanto con tal de conseguir tus drogas, has cruzado tantas líneas, has acabo tan fervientemente con todo lo que tú solías ser. Que no era mucho, de todas formas.

Una adolescente incapaz de hacer algo por el odio que se tenían sus padres, hasta que finalmente este se transformó en un disparo. No lo pensaste dos veces, no tuviste en cuenta el rostro de tus viejos amigos de escuela, de tus viejos amigos del vecindario; cogiste tus cosas y te fugaste. Es más, lo sucedido se pudo ver como una excusa. Tú nunca quisiste tu vida, tú despreciabas la mentira que era tu vida, los pasos marcados y cronometrados que diste por todos estos años, sin cambio alguno.

Pero la calle no es ningún cuento de hadas ni ningún escape. Solo es la calle.

Y al final, terminaste como todos. Corrompida, jodida y con un pie en el otro lado. Eres incapaz de reírte de otra cosa que no sea el dolor ajeno. Porque es tan estúpido; los sentimientos como la ira, la decepción, el amor. Te resultan tan irracionales mientras te enrollas un porro que te hacen reírte a carcajadas, teniendo que taparte la boca con un puño mientras un sin nombre te cuenta sus problemas. Porque a ti te importan una mierda, tu dejaste atrás los días donde tenías que actuar como si te preocuparan o interesaran los problemas de los demás.

Siempre fuiste de esa forma. Quizás fue tu interrumpida infancia, quizás fue el carácter de tu madre, o el de tu padre, quizás fue tu educación, quizás solo fuiste tú; quien se convirtió en alguien incapaz de sentir cualquier cosa por los demás más que repulsión, quien podía actuar como si fuera todo lo contrario simplemente por encajar y no tener problemas, más problemas de los que ya tenía en casa, quien escuchaba a sus padres discutir a gritos y solamente caminaba hasta las escaleras, ignorando por completo la sala a un lado donde los insultos iban a diestra y siniestra.

Fue muy difícil para ti sentir dolor inclusive en la calle. Fueron tan pocas como contadas las ocasiones donde el remezón te sacudió, pero nunca lo sacaste al exterior. Lo ahogaste en una droga nueva, en un cigarrillo. Como solías hacer siempre. Fumando fuera de tu instituto, esperando a tus “amigas” que vendrían riéndose y conversando en un rato, ignorando los autos pasar y el monótono cielo frente a ti.

Porque nada de eso significaba algo para ti. Ni las lecciones interminables de tus profesores, ni los años y años que habías pasado en el mismo lugar aprendiendo las mismas cosas, interactuando con las mismas personas. Cada momento “sentimental”, que habías vivido antes de escaparte fue borrado de tu cerebro en un instante, y lo dejaste atrás. Cuando te encontraste con el primer adicto, ya sabías que no tenías nada que perder.

No tenías planeado ir a ninguna parte, te diste cuenta. No tenías planeado encontrar a ningún familiar, ni empezar una nueva vida. Solo estabas escapando porque te habían lanzado una oportunidad de hacerlo, y cuando la jeringa se metió en tu interior, cuando sentiste el cielo tan solo a unos centímetros de ti; ya estabas enganchada. Las drogas eran la única cosa que para ti tenían un sentido. Porque eran sencillas. Te destruían, te mataban, y a cambio te daban un increíble placer. Para ella, ese resultaba un trato justo. Un hecho irreversible que cualquiera que se quisiera incursionar en aquello tenía que tener en cuenta, sin derecho a lloriquear por los resultados.

Y cuando piensas en ello, encerrada en un lugar que parece el infierno para todos los que te rodean; con un rostro ido, observando un cigarrillo mientras estás sentada en el comedor vacío, te das cuenta de que nuevamente estás viviendo una mentira. Pero esta es placentera, es tan placentera que no la quieres dejar. Las sonrisas, las burlas, cada día buscando algo nuevo con que entretenerte, sin tener en cuentas las drogas, es algo que nunca habías probado hasta que ingresaste a ese lugar de mierda. Y era hasta irónico, pues habías adoptado esa actitud dos días después de ingresar, porque querías engatusar a una traficante primeriza para que te diera las drogas gratis, y resulto mejor de lo planeado.

Así que hiciste lo de siempre. Olvidaste el pasado, le quitaste la importancia y el peso, te volviste como el ambiente te pidió ser, pero esta vez no con la intensión de encajar o de agradarle a los demás, solo para pasarla bien. Porque aquella bruma espesa había desaparecido por completo, y la corrompida realidad resultaba divertida. Ya no te queda nada, ni que perder, ni que ganar. Las drogas se han vuelto una antigua prostituta para ti, y nada te importa ni te atrae lo suficiente, pero eres capaz de sonreír y jugar, de burlarte y tontear.

Por mero egoísmo. Porque tomar el control resultó más divertido de lo que pensaste sería; siempre imaginaste que solamente te traería problemas tediosos y sosos, que era mejor ignorar a los demás y dejar que se hundieran, ser indiferente a sus sentimientos. Pero estabas equivocada, no era nada como eso. Y ese pensamiento te hace sonreír mientras apagas el cigarrillo contra la superficie. ¿Qué serías tú sin todos esos bastardos revoloteando por Iowa? Estúpidos, infelices y llenos de vida.

Nada. Probablemente, nada. 

_________________
Bang bang, you're dead.
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Sea L. Makhvil

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